Friday, October 30th, 2009
El viernes decidimos pegarnos un madrugón para desayunar pronto y llegar al castillo de Himeji antes de que abriese sus puertas y así encontrarnos la menor masa de turistas posible.

Llegamos allí unos quince minutos antes de la hora de apertura y los japos ya lo tenían todo preparado, paseaban por el interior ultimando los detalles para abrir al público un día más. Cuando llega la hora un simpático señor se pone a aporrear un tambor gigante y las puertas se abren. Decidimos comprar la entrada completa que incluye la visita al complejo del castillo (una hora y media) y a los jardines japoneses.

El recinto donde se encuentra el castillo es bastante extenso y cuenta con varios edificios donde el más importante obviamente es el castillo en sí. Empezamos por una “casita” que había en uno de los laterales que era donde la princesa venía con su esposo a pasar las vacaciones. En este edificio pudimos ver un poco de decoración recreando la época en que estaba habitado.

Poco a poco fuimos llegando al castillo, imponente con sus seis plantas. Llama la atención que el interior está totalmente limpio de decoración, ni siquiera unos muebles de época, tan solo el edificio con su interior de madera. Un poco de pena ya que al verlo vacío se pierde parte del encanto. De todas formas subir cada piso e ir viendo las distintas habitaciones era bastante entretenido hasta que llegas arriba del todo y te das cuenta de lo alto que estás y que estás en un edificio de cientos de años. Impresionante.

Terminamos más o menos en el tiempo previsto y lo hicimos muy bien, ya que justo cuando salíamos comenzaban a entrar las hordas de niños con gorritos de colores que venían de excursión. Realmente no sé cuánto tiempo se pasa esta gente haciendo excursiones porque todos los días te encuentras grupos de niños vayas donde vayas.

También pudimos ver en las inmediaciones del castillo a unos conejitos que saltaban alegremente.

Al salir fuimos a dar un paseo por los jardines. Cuando llegamos vimos que eran enormes por lo que tuvimos que decidir visitar solo una parte de ellos ya que si no corríamos el peligro de perder el shinkansen a Tokyo.



Al final todo salió a pedir de boca y pudimos subirnos al tren que queríamos junto con sendas cajitas de comida típicas japonesas. El viaje, de unas 3 horas, nos dejó en Tokyo una hora y media antes de la hora a la que habíamos quedado con Germán, el becario ICEX de informática de Tokyo, por lo que aprovechamos ese rato para acercarnos a Shibuya y meternos de lleno en la vida de Tokyo.
El barrio de Shibuya es famoso por su cruce delante de la estación en el que el tráfico se para en todas las direcciones para que cada vez pasen cientos de peatones por el medio de la calle. Aquí podéis ver una imagen del antes y otra del momento álgido de la gente cruzando.


Es alucinante ver que cada vez que el semáforo se pone en verde para los peatones la misma cantidad de gente pasa independientemente de que hace menos de 5 minutos también estuviesen las aceras colapsadas.
Tras presenciar tres o cuatro cambios de los semáforos decidimos lanzarnos nosotros a cruzar la calle y comenzar a callejear un poco por Shibuya. Fue nuestro primer acercamiento a la locura de Tokyo y ya nos bastó para comprobar que esta ciudad es radicalmente diferente al resto de cosas que puedes ver en Japón.


No caminamos mucho más puesto que no queríamos llegar tarde a la cita con Germán, que fue tan amable que nos dejó su acogedor apartamento para que pasásemos nuestras dos noches en Tokyo. Después del reencuentro con él, de conocer a Esther y de estar un buen rato contándonos anécdotas y pidiéndoles consejo sobre cómo administrar nuestras escasas horas en la capital nipona decidimos que una buena forma de aprovechar las horas que quedaban de día era hacer una visita a Shinjuku.

Lo primero que hicimos al llegar allí fue subir a la torre del Gobierno Metropolitano de Tokyo, la cual es gratis y ofrece unas vistas inmejorables de la ciudad. Tras un rato admirándolas decidimos caminar hacia el corazón de Shinjuku para cenar y caminar por sus calles.

Primero aterrizamos en la zona de las tiendas de electrónica en la que no hicimos muchas paradas puesto que nos queríamos reservar para ver Akihabara al día siguiente. Donde sí que entramos fue en el Yodobashi Camera, a pesar que en Akihabara hubiera otro (el centro comercial de electrónica más grande del mundo). Yodobashi es una pasada, tienes tecnología de todos los tipos, desde lavadoras hasta interruptores. En lo que a cámaras se refiere, que era lo que más me interesaba, es increíble. Puedes probar todas las gamas de Nikon o Canon (entre muchas más marcas) así como todas las gamas de objetivos para las mismas. Que te dejen tanta libertad no tiene precio, pude montar cualquier objetivo que se me antojase en mi cámara.

Después cenamos unos boles de ramen para reponer fuerzas pues el cansancio ya comenzaba a hacer mella y finalmente nos pusimos en camino hacia la zona roja de Shinjuku.

De camino encontramos una callejuela estrecha llena de restaurantes pequeñitos que era una pasada, en cada restaurante estaban cocinando lo que fuese delante de las menos de diez personas que allí cabían


Al llegar a Shinjuku propiamente dicho fue donde realmente vimos la locura de luces en la que uno piensa cuando le hablan de Tokyo. Era un espectáculo impresionante, al igual de impresionante era pensar en estar durmiendo unos días atrás en la tranquilidad de un templo budista y verse ahora rodeado de luces de neón parpadeando a ritmos vertiginosos.



Paseando por las calles de Shinjuku vimos a este personaje que definiría como disfrazado de Pokémon al que le costaba horrores mantener los ojos abiertos, el pobre se estaba durmiendo de pie…

No había tiempo para mucho más, queríamos encontrar el DonQuijote, una tienda repartida por varios barrios de Tokyo en la que se pueden encontrar baratijas de todo tipo. Nos costó encontrarla y cuando lo hicimos la visitamos a toda velocidad puesto que el dolor que teníamos ya en los pies nos impedía pensar con claridad, así que a la cama que mañana sería otro día.

Thursday, October 29th, 2009
Tras dejar atrás la locura de Osaka nos pegamos un buen madrugón para subirnos por primera vez al tren bala o shinkansen.


Este nos llevaría desde la estación de Shin-Osaka hasta Hiroshima en poco más de una hora. Nuestro plan para Hiroshima era visitar el edificio que han dejado como recuerdo de la bomba, el A-Bomb Dome que fue una de las pocas estructuras que quedaron “en pie” después del bombazo.

El edificio está tal y como se quedó, no lo han restaurado para recordar aquel día y para que la humanidad no vuelva a cometer una atrocidad semejante.
Tras el Dome cruzamos al parque donde está el museo histórico de la catástrofe nuclear. El parque está situado en una isla que antes del ataque estaba llena de casas y formaba el centro neurálgico de la ciudad. La bomba arrasó todas esas casas y en el lugar hoy se levantan árboles y algún monumento conmemorativo.

El museo está realmente bien, pone los pelos de punta pensar que el ser humano llegó a tal extremo y realmente se pone la piel de gallina cuando se escuchan los testimonios de los supervivientes que explican de primera mano las escenas dantescas que vivieron. Al llegar a la planta superior la cosa ya se les va un poco y abusan demasiado de la sensiblería barata explicando en tono peliculero la historia de varios objetos personales hallados por las familias de ciertas víctimas.
La nota negativa fue el tener que sufrir a hordas de niños de colegio con sus gorritos de colores que correteaban por los pasillos sin entender muy bien lo que veían. Me parece muy bien que las nuevas generaciones conozcan la historia reciente del país pero creo que llevar a unos niños de 7 años a un museo sobre la bomba atómica es un poco precipitado.
A la salida algún grupo de estos niños se nos acercó para tratar de practicar el inglés. Te preguntan cómo te llamas y de dónde eres y te piden que se lo escribas en un papel. Muy monos.

Después del museo y tras terminar el paseo por el parque donde varios grupos de ancianos jugaban a curiosos juegos de mesa, decidimos que era buen momento de comer antes de ir a Miyajima así que buscamos un sitio lo más rápido posible. Justo encontramos un okonomiyaki de lo más auténtico donde solo nos dijeron que nos sentásemos y nos empezaron a preparar lo que les vino en gana.


Con el estómago lleno nos dirigimos a Miyajima, un pequeño pueblo marítimo situado en una isla frente a Hiroshima. La principal atracción de la isla, y una de las 3 más fotografiadas de Japón, es su torii flotante. Los toriis son las puertas de los templos shintoistas, las cuales cuentan con dos columnas atravesadas horizontalmente por una viga recta y sobre esta un arco curvado ligeramente hacia arriba. La particularidad del de Miyajima es que se encuentra en el mar y antiguamente era la única vía de entrada a la isla.

Miyajima es un pueblo que me encantó. Por sus calles apenas discurren coches y a pesar de ser un punto bastante turístico no sientes los embotellamientos de gente tan exagerados como los de Nara. Y hablando de Nara, en Miyajima también se puede disfrutar de los míticos cervatillos.


Caminando hacia el templo shintoista nos encontramos con una curiosa procesión en la que los devotos transportaban una gran cuchara de madera de las que se utilizan para servir el arroz, uno de los productos de artesanía típicos del pueblo.


Caminando caminando llegamos a la pagoda de cinco pisos que se alza en una de las colinas de Miyajima, espectacular.


De camino a uno de los templos budistas de la zona nos encontramos en una montaña desde la que las vistas del pueblo eran espectaculares.


Como amenazaba con anochecer nos dirigimos a uno de los puntos donde el torii se veía con más claridad para poder sacar la típica foto de Miyajima. Al llegar allí observé aterrorizado que me había quedado sin batería en la cámara. Por suerte en estos tiempos que corren todo hijo de vecino tiene una cámara réflex y las cuotas de mercado de Nikon y Canon hacen que sea fácil encontrar a alguien con una cámara como la tuya que se preste a dejarte la batería durante un par de minutos. He aquí el resultado:

Después de las fotos de rigor iniciamos el camino de vuelta al embarcadero para tomar el ferry de vuelta, no sin antes cumplir una de las recomendaciones que Roger nos había hecho: “aunque no os gusten las ostras tenéis que probar las ostras en tempura de Miyajima”. Dicho y hecho, y la verdad es que nos gustaron bastante, sería porque no estaban crudas/vivas.
Al llegar de nuevo a Hiroshima nos dirigimos a la estación para coger el tren bala de vuelta. El destino para pasar la noche era Himeji, ciudad conocida por tener el castillo más grande de Japón. Llegamos al hotel, dejamos las cosas y decidimos hacer una visita nocturna al castillo previa a la del día siguiente, día que nos llevaría a nuestro destino final: Tokyo.

Wednesday, October 28th, 2009

Nuestro quinto día lo queríamos distribuir en dos mitades, la primera de ellas estaría dedicada a conocer los templos de la parte norte de Kyoto, como el de Kinkakuji que encabeza el post, mientras que después de comer queríamos llegar a Osaka con suficiente luz para poder visitar el castillo desde fuera y subir al Umeda Sky Building para poder admirar las vistas de la ciudad desde las alturas.

Así pues empezamos temprano dirigiéndonos hacia el norte pero haciendo una pequeña parada en un templo que había cerca de la estación de tren en el que paseamos y nos sentamos a meditar un rato.

Al llegar al norte estuvimos paseando por un complejo que albergaba a varios templos aunque no entramos en ninguno ya que con todo lo que llevábamos acumulado de los anteriores días nos parecía ya demasiado. Así que tras pasear asomándonos a los templos lo justo para no tener que pagar nos fuimos hacia el primero en el que sí que queríamos entrar y pagar, Kinkakuji.


Entrar en Kinkakuji es algo espectacular, ver ese templo de paredes doradas reflejarse en el lago y todo ello rodeado por un magnífico jardín japonés no tiene precio.

A lo que es el edificio no se puede entrar pero ya merece la pena dar una vuelta al lago y ver el paisaje. Después de este entramos a otro templo más antes de volvernos hacia el sur. La guía hablaba muy bien de él y de su jardin de piedras zen. Realmente nos esperábamos un jardin enorme de gravilla con piedras dispuestas estratégicamente sobre ella, y eso es lo que era, solo que a más pequeña escala de lo que imaginábamos. Fue la pequeña decepción del día.


Visto esto buscamos un sitio para comer y a continuación devolvimos las bicis y emprendimos rumbo a Osaka. Al llegar a la estación vimos que no teníamos mucho más tiempo hasta que oscureciese por lo que decidimos ir directamente, maleta en mano, a visitar las inmediaciones del castillo de Osaka. Como podéis comprobar en las fotos de debajo muy bonito.


Una vez tiradas las fotos de rigor volvimos al tren y nos dirigimos también directamente al Umeda Sky Building. Desafortunadamente cuando llegamos arriba ya era de noche y no pudimos apreciar cómo iba oscureciendo y la vida nocturna de la ciudad se despertaba. De todas formas podéis comprobar que el espectáculo estaba servido.



Pasar en unas horas de la paz y tranquilidad de los templos de Kyoto a la locura lumínica de Osaka es una cosa cuanto menos curiosa. Como estábamos realmente cansados de todo el viaje acumulado nos quedamos en la azotea del USB durante bastante tiempo.
Para terminar el día fuimos a dejar las maletas al hotel cápsula y salimos a pasear por Dotonbori donde una vez más pudimos experimentar la muchedumbre y las abrumadoras luces de neón.


Terminamos cenando en un ‘running sushi’ en el que por un precio establecido, curiosamente más caro para hombres que para mujeres, nos dejaron ponernos ciegos comiendo todo el sushi que pudiésemos. ¡En la imagen de cierre del post podéis ver el festín que nos pegamos!


Tuesday, October 27th, 2009

Después de pasar una buena noche de descanso en el ryokan nos despertamos a eso de las 7.30 para darnos una ducha y salir a conocer la ciudad lo más rápido posible. Nuestra intención era recorrer la ciudad en bicicleta y el lugar más cercano de alquiler no abría hasta las 9 por lo que decidimos acercarnos a la estación de tren para desayunar un buen café y donut, el primer desayuno sin arroz desde que estábamos en Japón.


Una vez con la bici alquilada nos pusimos manos a la obra y empezamos por el templo de Kiyomizudera en el sureste de la ciudad. Para llegar a dicho templo hay que subir una colina que está plagada de tiendecitas en las que comprar dulces y souvenirs. Una vez nos dimos una vueltecita por el templo continuamos más hacia el norte por la zona antigua de la ciudad donde las callejuelas eran de lo más auténtico.


Callejeando callejeando llegamos a las inmediaciones de Gion, el barrio de las Geishas donde nos pudimos topar con alguna de ellas que paseaban a la luz del día.




Un poco más al norte llegamos a un parque típico Japonés donde aprovechamos para bajarnos de la bicicleta y pasear relajadamente por sus caminos viendo las carpas en los estanques y los árboles color otoño.


Al lado del parque nos encontramos con otro de los principales templos de la ciudad, Chion-in conocido por tener el mayor arco de entrada del mundo en un templo budista. Realmente impresionante la estructura de madera que daba acceso al templo.

Chion-in también es conocido por poseer la mayor campana budista del mundo, la cual para hacerla sonar necesita de la fuerza de 13 monjes que tiran de la enorme viga de madera que incide en el metal.

Una vez visitado el templo ya estaba entrándonos hambre por lo que nos pusimos a buscar un buen sitio para comer. Nuestra intención era comer ramen por lo que tuvimos que descartar un par de sitios hasta que llegamos al elegido, un pequeño restaurante típico al que justo cuando llegamos nosotros una guía japonesa traía a un grupito de turistas a comer. Buena señal, pensamos.

Realmente el sitio no decepcionó, las sopas estaban buenísimas y era bastante barato. Después de comer nuestra intención era recorrer con la bici el Camino de los Filósofos, de unos dos kilómetros el cuál discurre paralelo a un pequeño riachuelo.

Al final del Camino de los Filósofos se encontraba el templo de Ginkakuji, rodeado por unos preciosos jardines tradicionales japoneses. El azar quiso que justo antes de entrar a dicho templo nos encontrásemos con Pepe, compañero de trabajo de mi hermano Luis. Sabíamos que ibamos a coincidir en Kyoto pero por H o por B no habíamos sido capaces de contactar, tan solo le había podido dejar un mensaje en Facebook esa misma mañana que él no había leído. Fue fácil de reconocer gracias a su camiseta con la cruz de la victoria y su nombre en la espalda. ¡Mucha suerte!
Tras hablar un rato allí fuera decidió que entraría de nuevo con nosotros a ver los jardines así que eso hicimos.


Después de esto Pepe nos acompañó el resto del día. En un principio nos dirigimos hacia el parque donde está el palacio imperial y paseamos por allí un buen rato hasta que el atardecer comenzó a amenazarnos con dejarnos a oscuras.
Así que decidimos que una buena forma de acabar el día sería hacer una visita nocturna a Gion en busca de más Geishas, pero antes y puesto que nos venía de paso hicimos una incursión en el mercado de Kyoto.

Al llegar a Gion había bastante gente pero ninguna Geisha hasta que un viejo verde japonés que se hacía llamar papparazzi nos dijo que le acompañásemos, que él sabía de donde iban a salir. Supongo que el hombre estaría allí cada día ya que fue dicho y hecho, nos llevó al enclave perfecto para ver a una geisha y su aprendiz subirse a un taxi.


Después de ver a las geishas pensamos que era buen momento para tomar algo y cenar. Tras mucho buscar y ser víctimas de la Ley de Murphy un par de veces (cuando buscábamos un bar para tomar una caña solo encontrábamos restaurantes y cuando queríamos cenar sólo encontrábamos bares) acabamos tomando una caña en un bar de sake y cenando en un restaurante con barbacoa en la mesa al igual que la noche anterior pero con barra libre de carne. Por desgracia fue bastante peor que el de la víspera.
Tras la cena queríamos terminar el día dándonos unos baños termales en un onsen. Teníamos uno mirado que salía en la Lonely planet, el cual contaba con nada menos que tres plantas. Tras mucho buscar descubrimos que ya no existía (la Lonely Planet que llevábamos estaba editada en 2005) pero por suerte un amable japonés nos llevó a un onsen de barrio el cuál resultó ser muchísimo más auténtico aunque por supuesto mucho más cutrillo que lo que prometía el de la guía.

Al tratarse de un onsen de barrio no estaban muy acostumbrados a ver a turistas por allí con lo que tuvimos la experiencia auténtica, agua casi hirviendo y la sauna que parecía el infierno. Ni que decir tiene que no aguantamos mucho allí y la experiencia nos dejó medio groguis para volver al ryokan y dormir a pierna suelta toda la noche.
Monday, October 26th, 2009

El tercer día amanecimos a las cinco y media de la mañana con el Gong del templo que anunciaba el inicio de la ceremonia matutina a las 6 de la mañana. Procedimos a bajar a la capilla donde el mismo monje que había conducido la meditación del día anterior presidía el acto rodeado del resto de monjes del templo quienes cantaban sin parar.

Tras un buen rato de cánticos el monje principal dio un largo sermón en Japonés seguido de una breve explicación en inglés tras la cual nos instó a dirigirnos a la sala donde nos darían el desayuno. El desayuno consistió en un nuevo surtido de productos veganos aunque en menor cantidad que en la cena del día anterior (una bandeja menos).
Después de desayunar nos despedimos del templo y comenzamos el viaje hacia Nara, primero en autobús, después en tren cremallera y por último en un par de trenes más, uno que nos llevó hasta casi Osaka y el último en el que estrenamos nuestro JapanRail Pass que ya nos dejó en Nara.


En la estación de Nara nos esperaba Roger, el novio de Anna la amiga de Andrea. No habíamos podido contactar con él pero gracias a que Andrea le había enviado nuestro planning el hombre se plantó allí a la hora que más o menos teníamos pensado llegar y el azar quiso que nos encontrásemos.
Tras dejar las maletas en una consigna nos lanzamos a conocer el pueblecito de Nara. Lo primero que fuimos a visitar fue un templo budista que en sus inmediaciones contaba con una pagoda de cinco pisos bastante espectacular.

A continuación seguimos caminando hasta llegar a un parque donde ya pudimos ver a los primeros cervatillos. Estos animales campan a sus anchas por los parques de Nara buscando comida de los múltiples turistas que pasean por la ciudad. Estuvimos un rato con ellos haciéndonos unas fotos antes de proseguir.


La siguiente parada era el principal highlight de nara, el templo que constituye el edificio de madera más grande del mundo. Una construcción alucinante hecho para albergar en su interior a uno de los mayores Buddah de bronce existentes, nada menos que 16 metros de altura.


Después de esto llegó la hora de comer y aprovechando el día tan perfecto que hacía nos compramos algo de take away y lo comimos sentados en el césped vigilando que los ciervos no se acercasen demasiado.
Después de comer seguimos paseando por un parque en el que pudimos ver un par de templos más y aprovechamos para probar el mítico helado de té verde que todo el mundo saborea en Japón.


Cuando empezaba a atardecer el cansancio empezaba a apoderarse de nuestros cuerpos por lo que decidimos emprender el camino de vuelta a la estación para dirigirnos a Kyoto, donde pasaríamos los siguientes dos días.


Hasta Kyoto nos acompañaron también Roger y una señora neozelandesa que estaba viajando con él desde hacía un par de días. Como él ya había estado en la ciudad hacía unas semanas se ofreció a llevarnos a un buen restaurante en el que podías cocinarte una parrilla en tu propia mesa. Pedimos dos tipos de carne de ternera que resultó ser deliciosa, la textura era similar a la del cerdo ibérico con la grasa entrelazada por los músculos, ¡se deshacía en la boca!


Acompañamos la carne con un par de surtidos de verduras a la parrilla.

Después de cenar dimos un paseo por Kyoto y Andrea y yo ya nos volvimos a descansar al ryokan, un tipo de alojamiento tradicional japonés en el que duermes en una habitación similar a la que teníamos en el templo, con tatami y futon.
